Recuerdo a una paciente que vino a consulta hace algún tiempo. Llegó a la primera sesión visiblemente afectada, con una mezcla de miedo y desesperanza en los ojos. Me explicó que sentía una constante inquietud, como si algo malo fuera a suceder en cualquier momento, y aunque intentaba calmarse, la sensación nunca desaparecía del todo. Lo que estaba experimentando, le expliqué, era ansiedad, un estado que muchas personas conocen y experimentan, aunque no siempre de forma tan intensa.
La ansiedad es una respuesta emocional que, en niveles moderados, es completamente normal e incluso necesaria para nuestra supervivencia. Le expliqué que todos la sentimos, en mayor o menor medida, cuando enfrentamos situaciones que nos generan incertidumbre o estrés. Sin embargo, en su caso, la ansiedad había pasado de ser una emoción útil a convertirse en una carga diaria.
¿Por qué estaba sintiendo esa ansiedad de forma tan intensa? Le hice ver que la ansiedad no ocurre por casualidad. Su origen está ligado tanto a factores biológicos como psicológicos y sociales. Le hablé de cómo la amígdala, una pequeña estructura en el cerebro, se activa cuando percibimos amenazas, preparando al cuerpo para reaccionar. Esta reacción es natural, pero cuando se activa de manera continua, el cerebro entra en un estado de alerta constante. Además, factores externos, como las altas demandas de la vida moderna y las presiones del entorno, pueden alimentar esta respuesta.
A medida que me contaba cómo se sentía, observé cómo describía algunos de los síntomas físicos de la ansiedad: esa sensación de tener el corazón acelerado, el sudor en las palmas y la respiración rápida. También mencionó dolores en el estómago y una tensión constante en el cuello. Le expliqué que estos son síntomas comunes de la ansiedad, señales de que su cuerpo está reaccionando como si estuviera en peligro, aunque no haya un peligro real. También se sentía emocionalmente agitada, como si un miedo inexplicable la invadiera, y cognitivamente estaba atrapada en pensamientos recurrentes y negativos.
Recuerdo que compartió una experiencia en el trabajo. Una vez, antes de una reunión importante, se sintió paralizada. No era solo el miedo a equivocarse o a no cumplir con las expectativas de sus compañeros; era algo mucho más profundo. Aunque intentaba convencerse de que “todo estaba bien”, su cuerpo no le hacía caso y su mente se inundaba de pensamientos de fracaso.
Le pregunté que cuando notaba esa ansiedad. Ella respondió que prácticamente en todos lados: en el trabajo, en su vida social e incluso en casa. Me comentó que evitaba muchas situaciones que antes disfrutaba, como quedar con amigos o hablar en reuniones. Su ansiedad estaba afectando su día a día, desde la calidad de su sueño hasta su energía para realizar las actividades más simples. Y esto, inevitablemente, comenzaba a afectar también sus relaciones personales y familiares.
A lo largo de las sesiones, trabajamos en estrategias que pudieran ayudarla a gestionar la ansiedad. Le enseñé técnicas de respiración profunda para esos momentos en los que sentía que su corazón se aceleraba y ejercicios para entrenar su atención en situaciones de su vida diaria. Nos enfocamos en identificar y reestructurar esos pensamientos que alimentaban su ansiedad, para que pudiera aprender a reemplazarlos por otros más realistas y adaptativos. También le recordé la importancia de cuidar su salud física, de hacer ejercicio regularmente y de dar tiempo a su descanso.
Poco a poco, ella fue notando cambios. No fue un proceso rápido ni fácil, pero con paciencia y compromiso, comenzó a recuperar la tranquilidad y a disfrutar de esos momentos que la ansiedad le había robado. Hoy, sigue siendo consciente de que la ansiedad es parte de su vida, pero ahora sabe cómo manejarla.
